
"Sin embargo, en ningún caso las actividades económicas existen, ni pueden existir, desvinculadas de su contexto y sus consecuencias. Como hemos visto, tres aspectos de la economía mundial de fines del siglo xx han dado motivo para la alarma. El primero era que la tecnología continuaba expulsando el trabajo humano de la producción de bienes y servicios, sin proporcionar suficientes empleos del mismo tipo para aquellos a los que había desplazado, o garantizar un índice de crecimiento económico suficiente para absorberlos. Muy pocos observadores esperan un retomo, siquiera temporal, al pleno empleo de la edad de oro en Occidente.
El segundo es que mientras el trabajo seguía siendo un factor principal de la producción, la globalización de la economía hizo que la industria se desplazase de sus antiguos centros, con elevados costes laborales, a países cuya principal ventaja -siendo las otras condiciones iguales— era que disponían de cabezas y manos a buen precio. De esto pueden seguirse una o dos consecuencias: la transferencia de puestos de trabajo de regiones con salarios altos a regiones con salarios bajos y (según los principios del libre mercado) la consiguiente caída de los salarios en las zonas donde son altos ante la presión de los flujos de una competencia global. Por tanto, los viejos países industrializados, como el Reino Unido, pueden optar por convertirse en economías de trabajo barato, aunque con unos resultados socialmente explosivos y con pocas probabilidades de competir, pese a todo, con los países de industrialización reciente. Históricamente estas presiones se contrarrestaban mediante la acción estatal, es decir, mediante el proteccionismo.
Sin embargo, y este es el tercer aspecto preocupante de la economía mundial de fin de siglo, su triunfo y el de una ideología de mercado libre debilitó, o incluso eliminó, la mayor parte de los instrumentos para gestionar los efectos sociales de los cataclismos económicos. La economía mundial era cada vez más una máquina poderosa e incontrolable. ¿Podría controlarse? y, en ese caso, ¿quién la controlaría?
Todo esto produce problemas económicos y sociales, aunque en algunos países (como en el Reino Unido) son más inmediatamente preocupantes que en otros (como en Corea del Sur).
Los milagros económicos de la edad de oro se basaban en el aumento de las rentas reales en las «economías de mercado desarrolladas», porque las economías basadas en el consumo de masas necesitaban masas de consumidores con ingresos suficientes para adquirir bienes duraderos de alta tecnología.
La mayoría de estos ingresos se habían obtenido como remuneración del trabajo en mercados de trabajo con salarios elevados, que empezaron a peligrar en el mismo momento en que el mercado de masas era más esencial que nunca para la economía..."
"...Sea cual fuere la naturaleza de estos problemas, una economía de libre mercado sin límites ni controles no podría solucionarlos. En realidad empeoraría problemas como el del crecimiento del desempleo y del empleo precario, ya que la elección racional de las empresas que sólo buscan su propio beneficio consiste en:
a) reducir al máximo el número de sus empleados, ya que las personas resultan más caras que los ordenadores, y b) recortar los impuestos de la seguridad social (o cualquier otro tipo de impuestos) tanto como sea posible.
Y no hay ninguna buena razón para suponer que la economía de mercado libre a escala global pueda solucionarlos. Hasta la década de los años setenta el capitalismo nacional y el mundial no habían operado nunca en tales condiciones o, si lo habían hecho, no se habían beneficiado necesariamente de ello.
Con respecto al siglo xix se puede argumentar que «al contrario de lo que postula el modelo clásico, el libre comercio coincide con —y probablemente es la causa principal de— la depresión, y el proteccionismo es probablemente la causa principal de desarrollo para la mayor parte de los países actualmente desarrollados» (Bairoch, 1993, p. 164).
Y en cuanto a los milagros económicos del siglo xx, éstos no se alcanzaron con el laissez-faire, sino contra él..."
"...El segundo obstáculo era el mismo proceso de globalización, reforzado por el desmantelamiento de los mecanismos nacionales para proteger a las víctimas de la economía de Libre mercado global frente a los costes
sociales de lo que orgullosamente se describía como «el sistema de creación de riqueza ... que todo el mundo considera como el más efectivo que la humanidad ha imaginado...".
(Eric Hobsbawm, Historia del Siglo XX)




















