Todas las habitaciones de mi vida Me habrán estrangulado con sus
paredes Aquí los murmullos se ahogan Los gritos se rompen Aquellas en las que viví solo Con grandes pasos vacíos
Aquellas Que guardaban sus espectros antiguos Las habitaciones de
indiferencia Las habitaciones de la fiebre y aquella que Había yo instalado
para ahí fríamente morir El placer alquilado Las noches extranjeras Hay habitaciones más hermosas que las heridas Hay habitaciones
que os parecerán banales Hay habitaciones de súplicas Habitaciones
de luz baja Habitaciones dispuestas a todo excepto a la felicidad
Hay habitaciones para mí de mi sangre para siempre salpicadas En todas las habitaciones viene un día en que el hombre se
despelleja vivo En que cae de rodillas que pide piedad Que
balbucea y se vuelca como un vaso Y padece el suplicio espantoso del
tiempo Derviche lento es redondo el tiempo que gira sobre sí mismo
Que mira con ojo circular El descuartizamiento de su destino Y el
pequeño ruido de angustia antes de las Horas antes de las medias
No sé nunca si eso va a sonar por mi muerte Todas las habitaciones
son habitaciones de justicia Aquí conozco mi medida y el espejo No
me perdona Todas las habitaciones cuando por fin me he dormido Han lanzado
sobre mí el castigo de los sueños Porque no sé de los dos lo peor soñar o vivir.
Podía haber hecho contigo un cuento, quizá un libro, otros lo hicieron con menos motivos; pero he preferido guardar para mí solo, este trozo doloroso de esa vida que se desenvuelve paralela a la mía y que en tantas ocasiones llega a encajar perfectamente.
Me cansé de la imagen de mi tribu y emigré. Con largos clavos me sueldo los miembros del cuerpo nuevo. De trapos viejos serán las entrañas. La pútrida capa de la carroña será la capa de mi soledad. Me extraigo el ojo desde lo profundo del pantano. Con las planchas carcomidas del asco levantaré mi barraca. Mi mundo será un mundo de bordes agudos. Cruel y eterno.
Una de las cosas que encontramos tras su muerte fue un cuaderno de notas amarillo en el que un médico del psiquiátrico le había pedido que escribiese "estoy bien" un centenar de veces. Lo escribió unas cuantas; pero luego se rindió y escribió "No estoy bien". A mi me salvó poder escribir esas canciones. Liz nunca tuvo la oportunidad. Se sentía completamente vacía y perdida. Quise hacerle un regalo, convertirla en artista poniendo algunas de sus palabras en un contexto musical...
...Titulé la canción Electro shock Blues.
...De vuelta a casa de mi madre, cuando ella se acostaba me pasaba las noches de pie en la oscuridad frente a su casa, la casa en que me había criado, intentando escapar al dolor de lo que sucedía dentro de ella. Volví a Echo Park y escribí la canción más triste que he escrito nunca.
"De pie en la oscuridad frente a la casa Respirando aire frío y estéril Estaba yo pensando qué debe sentirse Al ver esa lucecita y ver luego cómo desaparece y se desvanece se desvanece en la noche."
(Mark Oliver Everett, Eels, Cosas que los nietos deberían saber)
De todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, éste es el peor. Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario, Castroforte del Baralla, donde hay lampreas, un cuerpo Santo que apareció en el agua, y una serie de locos que dicen muchos disparates. De cuando en cuando, alguna cosa sexual, casi siempre tan disparatada como el resto, y alguna palabrota para seguir la actual corriente literaria.Este libro no merece ni la denegación ni la aprobación. La denegación no encontraría justificación, y la aprobación sería demasiado honor para tanto cretinismo e insensatez. Se propone se aplique el SILENCIO ADMINISTRATIVO.
La angustia se debe a la pérdida de una identidad verdadera. Si espero un mensaje del que depende mi felicidad o mi desgracia, me siento como sumido en la nada. Mientras la incertidumbre me tiene en suspenso, mis sentimientos y actitudes no son sino un disfraz provisional. El tiempo ya no fundamenta segundo a segundo —como construye el árbol— al verdadero personaje que me habitará dentro de una hora. Este Yo desconocido marcha a mi encuentro desde el exterior, como un fantasma. Entonces experimento una sensación de angustia. La mala noticia no provoca angustia sino sufrimiento; es completamente distinto. Pero hete aquí que el tiempo ha dejado de correr en el vacío y estoy por fin instalado en mi función. Ya no me proyecto en un porvenir sin rostro, ya no soy aquel que entrará en tirabuzón envuelto en llamas. El porvenir no me obsesiona ya como si se tratara de una aparición extraña. De ahora en adelante son mis actos, uno a uno, los que lo componen.
para vosotros ningún engaño es lo bastante estúpido,
ningún consuelo demasiado barato,
ningún chantaje demasiado blando.
comparados a vosotros, corderos
que mutuamente enceguecéis
son fraternales las cornejas.
entre los lobos reina la hermandad:
siempre van en manadas.
alabados sean los ladrones: vosotros
invitándolos a la violación,
os echáis en las comas podridas
de la obediencia, y mentís
incluso gimoteando. lo que deseáis
es que os devoren. Vosotros
no cambiaréis el mundo.
(1929, Hans Magnus Enzensberger)
Enzensberger cumple años hoy. Huérfanos estamos de una realidad que haga honor a sus versos. La Europa de Enzensberger es otra Europa. Sus versos parecen paridos ayer, sobre el lodazal de hoy. Europa raquítica y paralímpica, españa barojiana de tascas y lazarillos avispados... No andaba desencaminado, no, el lúcido alemán, narrando el devenir Europeo como un hundimiento del titanic...
Queda la resaca de tanto café y cigarrillo, el lejano fulgor de rubias y martinis más allá de toda madrugada, las calles desiertas, un cuarto solitario, el dolor en la mandíbula. Todo se reduce a balbuceos cuando el cuerpo comienza a comportarse como una pesada carga y los puños ya no responden. Estás solo de cara a las alcantarillas viendo como tus frases sentenciosas resbalan por las cloacas dejando entrever la sonrisa amarga del caso no resuelto. Sabes que la alarma ha sido falsa, tu propia imaginación exacerbada por tanta vigilia. Después de haberte jugado la vida tantas veces sobrevives en la ironía, comprendes que aún no has visto el rostro de tu enemigo.
Ella hizo rodar su silla hacia Bruno; todavía era torpe, había que hacer fuerza al arrancar, y ella no tenía fuerza en los antebrazos. Él la besó en las mejillas, y luego en los labios. "Ahora", dijo él, "puedes venirte a vivir a mi casa. A Paris." Ella alzó la cara hacia él, le miró a los ojos; él no consiguió sostenerle la mirada. "¿Estás seguro de que eso es lo que quieres?" Él no contestó; al menos, tardó en contestar. Después de treinta segundos de silencio, ella añadió: "No te sientas obligado. Te queda un poco de tiempo para vivir, no estás obligado a pasártelo cuidando a una inválida..."
...Había dudado unos segundos de más, pobre Christiane. También había dudado unos días de más antes de llamarla; sabía que estaba sola en el apartamento con su hijo; la imaginaba en la silla de ruedas, cerca del teléfono. Nada le obligaba a cuidar a una inválida, eso había dicho ella, y él sabía que había muerto sin odio. Habían encontrado la silla de ruedas, desarticulada, junto a los buzones, al final del último tramo de escaleras.
"Esta no parece mi vida." Se me ocurrió de repente, parado ante un semáforo en la avenida de Aoyama, al volante de mi BMW mientras escuchaba "Viaje de invierno" de Schubert. Era como si estuviese viviendo una existencia que me había preparado otra persona, en el lugar dispuesto por otro. ¿Hasta qué punto la persona llamada yo era o no realmente yo? aquellas manos que asían el volante, ¿eran mías?. El paisaje que me rodeaba, ¿hasta que punto era real? (H. Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol)
No existe espacio si no existe luz. No es posible pensar el mundo sin pensar la luz [lo dijo Heráclito, lo dijo Einstein, lo dijo el Equipo-A en el capítulo 237, lo dijeron tantos]. Y sin embargo, dentro de cada cuerpo es todo oscuridad, zonas del universo a las que la luz jamás tocará, y si lo hace es porque está enfermo o descompuesto. Asusta pensar que existes porque existe en ti esa muerte, esa noche para siempre. Asusta pensar que un PC está más vivo que tú, que adentro todo es luz.
La calle olía como a pólvora, y estaba desierta. Las paredes estaban llenas de palabras escritas y de malestar, el malestar de vivir. Ella caminaba deprisa, y el pelo se le rebelaba cayéndole hacia delante en flecos, tapándole los ojos. Caminaba deprisa, tenía un largo trayecto de serpenteantes callejuelas y tristes avenidas. Paris ya no valía ni una misa, Paris era solo escenario, atrezzo, Paris es tristeza si tu estás triste. La calle olía como a sangre, y no había nadie. Era como un campo de batalla tras una guerra: El cementerio improvisado de una generación perdida. Ella tenía la vista perdida, y su falda desastrada oscilaba con la brisa y el implacable ritmo de sus pasos perdidos. Solo se oían sirenas a lo lejos y los golpes que sus zapatos daban al repicar en el sucio pavimento. La incertidumbre de una revolución televisada no era nada. Ella seguía viviendo, existiendo, y el parentesis de la historia la había dejado de lado. Tal vez, también en 1789, la fuerza histórica era solo un puñado de ejércitos populares que se entierran a si mismos, mientras que hay gente que pasa a su lado tratando de no despertarlos. Caminaba deprisa, para llegar al hospital. La acompañaba el eco de la respiración contenida de una ciudad. Estaba durmiendo, e iba a despertar de su sueño. Ella contenía el aliento, y trataba de no mirar a la gente que se asomaba a la ventana con mirada de desaprobación.
Le vino a la cabeza una canción imaginada, una cación fantasma que buscaba ser compuesta por alguien, la voz de un momento, que no encontraría compositor hasta unos meses después...
You say you want a revolution Well, you know We all want to change the world. Tou tell me that it’s evolution, Well, you know We all want to change the world. But when you talk about destruction, Don’t you know that you can count me out. Don’t you know it’s going to be alright, Alright, alright.
Como una aparición, un ejército de jóvenes sombras salió de la nada, al extremo de la calle. Gritaban su frustración, solo tenían su furia y su sensación de jugar a ser sanculottes que dan un zarpazo a lo establecido...aunque luego venga el terror. La chica se dio la vuelta: al otro extremo de la calle, la fuerza de la policía estaba formando una barrera que contendría el malestar del alma de todos los jóvenes a los que se ha amamantado. Atrapada entre dos ciegas multitudes, trató de refugiarse en un portal. Allí la encontraron tendida, con una corona de sangre seca y la expresión de sorpresa de quien paga el precio de querer cambiar el mundo sin haberlo querido realmente. Un adoquín, un tozo de ciudad lanzado al aire. A punto de morir, de matar, algún universitario sin puntería había dado en el blanco. La revolución que no fue solo dejó cicatrices entre los espectadores.
"Pero, ¿Acaso es seguro desde toda la eternidad que pecaré? ¿Por qué este hombre cometerá seguramente este pecado? La respuesta es fácil, es que de otro modo no sería ese hombre" (Leibniz: Discurso de metafísica) Solo recuerdo el intenso frío, la inmensa incertidumbre, sobre la alfombra roja, medio desnudo, mientras todos cantaban "se te va a romper, se te va romper, se te va a romper la polla". Era un hotel familiar en la montaña, y aquella noche habíamos cenado algún tipo de carne no demasiado fiable que ahora pugnaba por salir de mi cuerpo. La vergüenza apenas tenía importancia, pero ella me había hecho pensar, me había hecho soñar, me había dado medias palabras para que yo las completara con la mentira que mejor me viniera. El vacío y el odio eran todo lo que podía sentir. Promesas de fragancia dulce, perfumes de niña bien salpicando su boca de rapaz de terciopelo. Acaso yo era solo el fantasma de un niño. Muerto por dentro. -Soy una mujer, y tengo deseos. -Yo aún no soy un hombre, acerté a balbucear. Ella sonrió con la mueca de las esfinges jóvenes, cuyo secreto es fingir guardar un secreto, una ventaja, un saber arcano que es a la postre dejarse seducir. Me citó en el rellano, y allí fui atacado por una multitud. Todo había sido mentira, retablo, sainete, apenas astracanada para divertir a la plebe. Mis propios compañeros de habitación me desnudaron, me escondí en el armario de las escobas. Se cansaron de gritarme, de hundir una daga que ya tenía clavada, de reir a carcajadas. El profesor hacía la ronda, y no se arriesgaron, los chicos y las chicas se separaron, cada uno a su parte de la trinchera. Cerraron la habitación que compartía por dentro. Los segundos pasaron lentos, y decidí esperar a que salieran a por el desayuno. Me vestí con unas toallas. Caminé hacia un cuarto de baño común con la esperanza de encontrar una camisa a la que asirme. Un trozo de tela en el que esconderme, un lienzo en el que derramarme. Pasé frente a una puerta abierta. Mis ojos se abrieron y quedé paralizado. Arañas pesadillescas, sueños dementes dibujados por un Crumb decadente y enloquecido, carnes temblequeantes moviéndose a la luz de las pequeñas lámparas de las mesitas auxiliares, meretrices ajadas con las formas de una gracia de Rubens, posiciones acrobáticas, dianas móviles, feroces lapas humanas, furibundas depredaciones de la carne, lascivia en los ojos desorbitados, y en general, zarpazos de varios cuerpos a la soledad. Acabó la danza, y yo seguí temblando de frío, vergüenza y desazón, y al salir, mi profesor de educación física me miró de arriba a abajo, me guiñó un ojo, y se llevó el índice a la boca: -Shhhhh. Y se marchó dándome la espalda. En el umbral seguían aquellas dos mujeres como dos gárgolas, escrutándome con gesto divertido. Una de ellas se me acercó, y jamás hubiera cedido a su sudorosa sonrisa, a sus voluminosos y expertos encantos. Acercó su boca a mi oído y susurró palabras, palabras acerca del árbol de la ciencia. De despecho, de soledad, de William Blake:
Ah, imposible, imposible hallar el intrépido amor de una mente virgen, pues joven aún, el amor fue crucificado: antes de que mi flor de amor se perdiera.
Y aunque improbable, hallar una puta de Jaca que recitara versos de un poeta inglés que desconocía no me hizo cruzar el umbral, pero el viento soplaba y parecía traer un eco cruel: "se te va a romper, se te va romper, se te va a romper la polla". Que se rompa, debí pensar, mientras caminaba hacia adelante. Ella cerró la puerta y detrás de mi no había camino de retorno, de arrepentimiento, de inocencia. La otra mujer se parapetó tras un biombo que dividía la habitación. Creo que hice mia la frase de aquella canción de Iggy Pop: "Solo quiero follar, esto no es un romance". Desafortunadamente por la radio no sonaban los Stooges, pero pudo ser peor. En la vida real nunca suenan los Stooges.
"Ni una simple sonrisa, Ni un poco de luz en sus ojos profundos. Ni siquiera reflejo de algún pensamiento que alegre su mundo.
Hay tristeza en sus ojos hablando y callando y bailando conmigo Una pena lejana que llega a mi alma y se hace cariño"
Años después sustituiría en mi memoria estos versos por los de Au Suiviant de Brel. Al siguiente, al siguiente, parecen murmurar todas las mujeres. Sin duda había poco de mi que aprovechar, pero aprendí perversión de las manos adecuadas. Suave y brutalmente, murmuraba el nombre de una aprendiz de mujer fatal que me había dejado como suelen acabar muchos los matrimonios: Desnudo, avergonzado y descorazonado. No sabía que hubieran tantos millones de maneras de fingir éxtasis, ni tantos millones de maneras de besar sin dar un beso, sino solo prestarlo, escenificarlo, un combate de lenguas afiladas y descreídas que saben que más que la lujuria las hace bailar el aburrimiento. Ósculos fríos como copos de nieve, con aquella generosa matrona situada encima, coronando una cumbre apenas pronunciada en su pendiente, y haciendo lo posible por no gritar de puro miedo, o de pura decepción. Hubo un momento de calma, y pude respirar un poco de aire. En esos momentos, yo no era un niño asustadizo, ni siquiera un joven delgado y poco viril. Ella se entrelazó en un abrazo, y habló susurrando, y comprendí que entonces yo era, a mi modo, lo más cercano a un hombre que ella tenía al alcance. Caricatura, o simplemente arquetipo, era ella la que ahora mendigaba un poco de calor de mi cuerpo rígido. No me sentí mejor entonces, expulsado del mundo de la incertidumbre y la esperanza. Ella se sentó, y encendió un cigarro. Yo seguía tumbado. Se giró y sonrió, me llamó granuja, me revolvió el pelo, pero pude ver que estaba triste, más triste que yo, porque había amado más veces que yo, y todo lo que obtenía a cambio eran noches como la nuestra, pequeñas transacciones de miseria o soledad. Pequeños intercambios de alientos, pequeños simulacros de caricias. Lo más cerca del amor es también lo más lejos que puedes estar de él. Amanecía cuando salí de allí, con una ropa prestada y muchas historias contadas con voz ronca por una mujer cuyo rostro olvidé al día siguiente. En el desayuno, todos seguían sonriendo ante mi, como si hubieran maquinado mi ruina, cuando solo habían despojado a esta de sus velos. El profesor de gimnasia comía sus cereales con deleite, y sonreía burlón a mis acechantes miradas de reojo. En el autobús le dije a aquella chica cosas que la hicieron llorar. Siempre he tenido esa capacidad para ser cruel, para hacer daño. Aunque la venganza de la vida fue mucho más satisfactoria cuando se quedó embarazada a los quince años. Aquella fue mi última excursión a la nieve. El invierno acabó de pronto, de forma abrupta. Como si no quedara más nieve disponible, como si la tuviera toda por dentro. Desde entonces detesto los días fríos.
Mutando desde 1981. Rock, Pop, cine, comics, literatura, filosofía, conspiranoias, cyberpunk, y tecnomisticismo. Explorador de sensaciones, romántico y cínico, especialista en venenos rápidos, pluma mercenaria, sindicalista, anarco-socialista, utopista