Micronesia en el Cerebelo

Rock, cine, comics, ciencia ficción, cervezologia y sueños rotos.

Sunday, May 21, 2006

Diario De un Asesino a Sueldo: Historia completa y desenlace


Friday, February 10, 2006
Matar a una persona no es tan difícil. Encontrar la motivación para vencer nuestra cobardía y hacerlo efectivamente es lo complicado.
Caminas en la bruma de una calle estrecha en un país extranjero. Es de noche.
Has visto Branded to kill, has visto Chacal, has visto las pelis que nos enseñan a matar.
Hay quién dice que una vida no tiene precio. Lo tiene. Si estás en el negocio, nadie la valora más que tú. Tú, que haces el trabajo sucio, que eres un peón sacrificable, la estimas muy alto. Atento a las fluctuaciones del precio de la vida, como el que tiene acciones y consulta el periódico.
Los que mandan matar le ponen un precio muy bajo al latir de un corazón. A tu riesgo. A tu conciencia. A la libertad de decir y de actuar sin que te silencien.
Caminas digo, por una calle estrecha. El objetivo vive al final de ella. No quieres saber si tiene hijos, o mujer que le ame, pero has de saberlo, estudias cada minuto, cada brizna de su ser. Debes saberlo todo. Estar preparado, y saber cuál es el modo de su muerte.
Veneno, estrangulamiento, arma de fuego. Como un soldado que mata por su país pero sin país. Sin excusas. Con todo el peso de la muerte en su cabeza.
Misterioso crimen sin resolver. No hay sospechosos. No hay móvil.
Quién te paga, reparte honores y riquezas para enterrar la memoria de un crimen. El olvido es el verdadero asesino, no tu...
Y cuando llamas a la puerta, esperas que te reciba tu recompensa, una bala, una trampa, un castigo o un premio, un viaje de ida al infierno, porque algún día al otro lado de la puerta habrá alguien como tú esperando terminar el encargo.
Y solo podrás dar gracias.
Como una hoja seca
Al tocar el suelo
Tristeza muda.
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Tuesday, March 21, 2006
Se es asesino antes de matar?¿Un asesino nace o se hace?
Cuando hableis con un asesino, nunca admitirá que lo es.
Pero si sois del mismo gremio, si os tiene calado como eliminadores, no podrá resistirse. Ni a contar por qué mata, ni a preguntaros por qué matais vosotros.
¿Por qué matar?¿Hay un motivo en el ancho mundo que lo justifique?¿Os cuenta sus razones porque se siente culpable?
No, os lo cuenta como parte de cierto orgullo profesional, el porqué matar es el porqué de lo que hace día tras día, de su vida. Si según De Quincey rajar cuellos es una obra de arte, todo artista necesita un público, un crítico. Y solo nos tenemos entre nosotros.
Hay tantos motivos como hombres dispuestos a inventarselos.
Muchos hablan de venganza, o de hechos del pasado que les marcaron:
-Me violaron cuando era niño.
-Vi a un hombre saltar en pedacitos en la guerra(da igual cuál)
-Encontré a mi madre rajada con un cuchillo de carnicero por mi padre.
Palabrería pseudopsicoanalítica, en mi opinión. Meras excusas que se dicen a sí mismos para hacer algo que les encanta, pero que no se atreven a reconocer que hacen por placer.
Y una mierda, no hay peor mentiroso que el que se miente a sí mismo y se lo cree.
El pasado no existe, no es aliciente suficiente para dejar huérfanos a unos niños por unos miserables billetes (no estoy hablando del asesino pasional, furioso, de arrebato. Hablo del que repite). El pasado solo tiene el poder que nosotros le demos, solo le dejamos hacernos el daño que queremos hacernos, solo nos tortura siguiendo nuestra propia voluntad.
El pasado es una construcción, una invención, y ponemos en él las pinceladas de lo que ahora creemos que creíamos ver. Así que no me digas que eres un ser torturado. Matas por algo que te ocurre aquí y ahora, el ayer es solo sombra.
Y esa era la excusa buena.
No, no es por eso.
Y si te dicen que es por Dios, Patria o Dinero, o tal vez por amor, mienten.
El amor no es muerte. Si el amor te obliga a matar, mata al amor.
A la hora de mirar a los ojos a un ser humano y borrarlo del lienzo de la creación, no es Jesús o Mahoma quién guía nuestros dedos criminales y sedientos, o las fronteras dudosas de una nación de gente solitaria(y en caso de guerra tampoco. Solo sobrevivir. Es reinccidencia, pero por darwinismo e instinto animal), ni la posibilidad de pagar las letras del coche o comprar un rolex, o ganar tal vez un beso de un cuerpo tibio que está tan aterrado como tú de la fría soledad de la vida y de la muerte(y si sabe que te lo has ganado matando, amas a alguien más fría y peligrosa que tú mismo. Si no lo sabe, desengañate, es parte de un mundo lejano a tí, y solo puedes causarle dolor).
Todos los asesinos tenemos algo en común. Algo que perdimos por el camino. Se nos acabaron las emociones. Ilusión, ira, tristeza, amor, odio, melancolía, alegría. Cada vez cuesta más reaccionar ante los estímulos exteriores, somos frío granito.
Somos tullidos, tullidos del corazón, corazones de piedra, de nieve sucia, de ceniza y adoquín, impasibles.
Robots que fueron carne melancólica una vez, que añoran la persona que eran, incluso las punzadas del dolor que sentían.
El dolor es como los analgésicos y otros medicamentos. Crean tolerancia, y cada vez llega menos. Antes nos sacudía, y parecíamos saber lo vivos que estabamos.
Matamos. Matamos. Matamos porque al arrebatar una vida sentimos algo por un momento, somos personas, matar nos vuelve personas. Qué triste. Es triste, nadie afirma lo contrario.
Por un segundo somos, estamos. La emoción, la incertidumbre, el poder, el miedo, el asco a uno mismo, la piedad reprimida, el dolor, la culpa, la broma macabra, el abismo de la existencia y de la muerte.
Estamos vivos una vez más, el corazón bombea sentimientos, vuelve el calor a nuestros rostros y la tristeza al alma. No me estoy justificando. No es motivo. Es como no tener motivo alguno en absoluto.
Y no hay ninguna otra razón, el dinero solo sirve para subsistir hasta el próximo encargo.
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Sunday, March 26, 2006
Acariciando el oro en forma de terciopelo de sus cabellos, buscando borrar la forma de sus labios a base de besos, tocando sus pechos más para sentir su respiración que por lujuria, perdiéndome en sus ojos como en pequeñas galaxias azules, inexploradas, brillantes, insondables y temibles, le dije:
-Perdóname, soy un mal amante-mientras deslizaba su ropa interior piernas abajo, saboreándolas con mi tacto.
Decidido a contradecirme, la abracé, y busqué su boca como las flores buscan el sol. Pero con movimientos suaves, cautelosos, casi como un felino a punto de abalanzarse sobre un pájaro, casi como si ella fuera de porcelana en lugar de carne hecha caricia.
Puse mi cabeza en su pecho mientras la penetraba, y junto a su breve gemido, oí su corazón hablando en el lenguaje de los seres vivos.
Hago el amor tomándome mi tiempo, como quién afina un instrumento, buscando la nota adecuada con mis finas manos, tocando una melodía de Dvorak al piano de sus breves pezones, rojos como fruta de verano, cerezas y miel.
Su cuerpo era un templo excitante, y era tan hermoso que casi hubiera podido amarla.
Afuera las estrellas tiritaban de frío mientras yo entraba en calor con cada acometida que hacía vibrar sus caderas, sujetándome a ellas y a las brumosas y escarpadas nalgas, a la calidez de su sonrisa que buscaba la mía y se unía en un espectáculo de brasas, y a su voz breve y retadora.
Cuando acabé, la abracé, y le miré a los ojos. Casi podía hacerlo, casi podía amarla, pero aunque tenía sus flacos brazos rodeándo mi cuello, estaba muy lejos de ella.
Se oyó un ruido como de puerta al cerrase, quise hacerlo rápido. Nunca pagan lo bastante en estos casos.
Quebré su cuello, rompí aquella porcelana con forma de mujer, y la promesa de su calidez la apagué de un solo soplo.
Pensé en todos los hombres que habían compartido su carne leve, ígnea y llena de vida. Que habían buscado refugio del frío de sus propias almas. Todos los que se abrazaron a ella por miedo a la soledad, al silencio, sin que les sirviera de mucho, tomando solo lo necesario para continuar el viaje, sin pensar más en aquel trozo de humanidad que ahora había dejado de respirar, dejando sus pechos quietos y tristemente fríos.
Les deseé mejor suerte que la mía. Tal vez después de todo la amé a mi manera. Iba a morir de todas formas, que mejor manera que morir con un beso húmedo, sencillo, sincero, melancólico y asesino.
-Perdóname, te dije que soy un mal amante-susurré. Y la dejé allí, tan muerta como cualquiera, tan bella como pocas.
Antes de escabullirme por la puerta, dejé unos billetes en la mesita de noche.
No quería implicarme emocionalmente.
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Friday, March 31, 2006
Enfrentate a tus miedos.
¿Estás enfadado? Escúpeme tu ira a la cara. Eso es todo lo que conseguirás hacerme. No puedes tocarme. Ni siquiera te atreves a temblar. ¿Crees que te odio? Estás muy equivocado. Soy lo que soy, nada más.
He venido a matarte. Me gustaría decir que no es personal pero mentiría, la muerte siempre es un asunto personal.
Se que tienes miedo. A mi me da miedo vivir, no morir. Yo en cambio siento ternura. No hacia ti especialmente. Pero estoy conmovido. En las películas se mata al peso, por docenas. Podría decirse que solo un minorista de la muerte aprecia de verdad la vida.
Resulta presuntuoso por mi parte denominarme asesino. Creo que superviviente es más adecuado.
¿Sabes? Los lobos no son como los hombres, o por lo menos como las clases de hombres que representamos tú y yo. Cuando se enfrentan y uno de ellos se rinde, no se matan entre sí.
Voy a conseguirte una bonita tumba. Con buenas vistas. Algo acorde con tu posición. Un buen trozo de tierra en el que pudrirse. Me gustaría simplemente que desaparecieras, que no existieras, para no tener que apretar el maldito gatillo, porque esta noche el que va a tener que vivir con sus fantasmas a cuestas e intentar conciliar el sueño, seré yo.
Tú no vas a soñar más. Creo que eso es lo que más deben echar de menos los muertos, pero es algo que me ha sido arrebatado en parte, no más sueños solo pesadillas.
¿Quieres saber cómo hemos llegado a esto? Fue después de que me encargaran borrar del mapa a la puta del presidente. No se lo merecía, aún me acuerdo de ella y de cómo sabía su piel. Era muy dulce, aunque no te podías fiar de sus besos...me parecía estar oyendo la caja registradora mientras intentaba amarala lo suficiente como para no matarla...no por ella, estaba muerta desde que se dió la orden, sino por mí.
Entonces me reuní con mi contacto. Un tipo siniestro, como todos esos chicos criados para ser contables que han hecho de la falta de escrupulos virtud suficiente para llegar a lo más alto de la contabilidad: Ser contable de muertos. Contar cadáveres tristes y el precio de la carne muerta, muerta te digo.
Mírame a la cara cuando te hablo.
Bueno estaba con mi contable en la esquina de la calle Lauria. Había una cervecería cerca, en dónde nos metimos. Él iba trajeado, y antes de llegar yo se despidió de otra persona dándole la mano. Me pareció extraño. Por cierto siempre que veo a dos hombres trajeados dándose la mano en la calle me entran unas ganas locas de cantar Wish you Were here de Pink Floyd. Es lo que llaman condicionamiento, la cultura pop aplicada al perro de Paulov.
Era extraño que quedaramos en un sitio público, era extraño que estuviera con alguien antes de estar conmigo. Era extraño simplemente que me dieran un encargo tan pronto.
¿Impaciente? Tranquilo, pronto llegaremos al final de la historia. Y cuando salga el rótulo de The End y llegue el fundido a negro estarás en manos de Dios o del Diablo. O simplemente del olvido.
Me invitó a una copa, el chico de la barra, un tipo barbudo con rastas y ojillos de ave traicionera nos sirvió Bourbon en vasos grandes. Le dije que dejara la botella ahí, que corría por parte de mi amigo.
Mi contacto me pasó un sobre marrón. Dentro no venían las instrucciones habituales. Ni dirección, ni trabajo, ni familia, ni antecedentes, ni vicios, ni amantes, ni secretos, ni tendencias políticas, ni bares preferidos...
Nada.
Solo un nombre.
Uno que conocía bien. Mycroft.
Ese nombre fue tu sentencia de muerte.
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Wednesday, April 19, 2006

Nunca debéis creer a un asesino cuando os cuenta su motivo para matar. Me temo que he mentido o por lo menos me he mentido a mi mismo. No comencé a matar por haberme convertido en un monstruo sin corazón. Más bien me convertí en un monstruo porque comencé a matar…

19 de abril de 1999

Hoy me he levantado con el silencio como losa absurda. Me ahogo. Me ahogo. Apenas puedo respirar. Hace dos semanas que no sabemos nada de Isabella. Podría estar muerta en una cuneta, seguramente allí esta, acompañada de aquellos pájaros a los que daba de comer en el parque, y a los que ahora alimentará de un modo diferente. Mi hermana, nunca más veré su risa, me crispa los nervios esta maldita espera, en cualquier momento…esta calma tensa, este stand by puede romperse en mil pedazos.
Necesito dormir. Pero he olvidado cómo.

21 de abril de 1999

Nada. Ninguna reivindicación. Ninguna llamada de los secuestradores. Solo una persona que respiraba, que era carne y que de pronto se desvanece en el aire, una niña ahora invisible. Miro sus cuadernos de la escuela, llenos de sumas imaginarias y problemas insolubles. Acaso existió alguna vez, si no podemos verla, si no está, ¿estuvo alguna vez ahí? Pequeños trozos de papel llenos de letra infantil son su único legado. Briznas de nada. Yo también seré apenas un suspiro.

30 de diciembre de 1999

La policía más o menos se ha dado por vencida. Nos han dicho que nos preparemos para lo peor. Lo sé. Puedo ver los periódicos que convierten la vida y la muerte de todos en ficción. “Macabro Hallazgo”. Su sonrisa se perderá para siempre, es invierno y solo quiero vengarme, hacer daño, morder, rasgar, destrozar algo único e inigualable a quién me haya hecho esto.
No me reconozco.

31 de diciembre de 1999

Hoy he salido por ahí. He esnifado droga por primera vez. Cuántas veces, cuántos tragos, cuánta ración de veneno necesito para dejar de ser yo. He iniciado una pelea, con una botella rota. He salido corriendo, pero al golpear y destruir me he sentido extrañamente bien.

12 de enero de 2000

Me he levantado con el rayo crepitando en el cielo, truenos de tristeza. Si Isabella volviera apenas supondría diferencia. Hemos cambiado y somos peores personas. Tenemos el odio en la palma de los dedos y la indiferencia ante todos nuestros sentimientos. Hemos sido desenmascarados como lo que somos. Amanece y yo me encuentro en la calle porque no puedo seguir en la casa, es una pirámide sin momia, un mudo monumento a mi hermana, un muñón en mi cuerpo. Tengo la costumbre de golpear las paredes hasta que acabo agotado, mis padres se han ido. Tienen miedo, creo. Todos se han ido. Solo quedo yo. Empiezo a beber antes de despertarme, incluso en sueños. Pongo sus muñecas en fila y les paso revista. Son mi ejército. El odio es todo lo que tengo, todo lo que me separa de la locura de desear no estar vivo. Debo estar vivo para sobrevivir a aquellos que me han hecho esto, que me han convertido en esto. Estoy solo en esto. Y lo que es peor. Estoy llegando al fondo de este silo termonuclear que es mi alma. A veces me comparo con los perros salvajes, pero eso no sería justo para con los perros. Solo vivo para odiar, solo odio para seguir vivo.

28 de febrero de 2000

Ellos lo sabían, ellos lo sabían.
Les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio, les odio.
Les voy a matar.
Los secuestradores se han puesto en contacto conmigo. Quieren que mate a una persona. Entonces dejarán ir a Isabella. La vida de una persona desconocida puesta en la balanza. La vida de mi hermana. Pero en cierto modo, ya no recuerdo su cara. Quemé todas sus fotos. Ella también es una desconocida. Todos lo somos. Los secuestradores se acercaron a mí en un bar. Mordí a uno en cuello antes de que me redujeran y me explicaran que a partir de ese momento sería su brazo ejecutor.
Me pregunté si aquellos que me habían acorralado e inmovilizado también tenían hermanas en algún lugar esperando unas fuertes manos de hombre que quiebren sus cuellos.
Me pregunté si de verdad tenían a Isabella. Lo más probable es que la mataran el primer día. O que ni siquiera tuvieran nada que ver con ella.
Da lo mismo. He decidido matarle. Diputado Juan Aguirre, estás muerto. Tal vez consiga salvarla, tal vez consiga salvarme, o tal vez sea tarde, para los dos.

16 de junio de 2000

Pensaba que sería más difícil, pensaba que me sentiría culpable, que sería intolerable, que todo cambiaría al ser un asesino, pero lo más monstruoso es que eres la misma persona. Básicamente borrar una vida no significa un gran cambio. El mundo sigue girando, con unas lágrimas de más y un alma de menos, el sol sigue saliendo y tú eres el mismo casi, casi intacto. Solo un poco más frío, un poco más indiferente.
Esto no va a acabar nunca, ahora me doy cuenta. No han soltado a Isabella. Al contrario. Empiezan a lloverme nuevos encargos, nuevas respiraciones que silenciar, no puedo seguir, no me está permitido abandonar.
No acabará nunca.
No acabará nunca.

29 de septiembre de 2002

Todo es rutina. Comer, dormir, matar, comer, dormir, matar, todo es rutina. No soy un hombre, soy un dios triste, el dios de la muerte. Me gustaría poder llorar, o en su defecto poder romper la cadena. ¿Lo hago por mi hermana? Creo que ya no…solo me he convertido en esto. Soy esto. Es la única vida que tengo. El monstruo está vivo, dijo el doctor Frankenstein.

28 de diciembre de 2004

Otro más. Inocente. Me hago viejo. Mis únicos amigos son asesinos. Este ha suplicado por su vida. Un antiguo verdugo ajusticiado. Rezo todas las noches por estar en su lugar.
Isabella, murmuro en sueños. Es el nombre que le he dado a mi pistola, sus balas son besos, y cuando llega el tiempo de matar, murmuro que ha llegado el tiempo de amar.
Sospecho que soy la persona que más se preocupa por esas víctimas que he dejado. El fin no justifica los medios, los medios son el fin. Creo que no hay una razón para la eliminación de estas personas. Ninguna. Solo el placer de ver al ser creado a base de miembros y jirones de despojos moverse, sentir, dolerse, gritar.
Memorizo los informes, tengo que acordarme de ellos, de todos los caídos. Sus familias ya lo están superando. Viven. Están programados para ello.
Pero yo ya estoy muerto…solo vivo en la muerte de los demás, colecciono sentimientos de culpa, colecciono cadáveres que recordar. Mal Evans era leñador. Tenía un gran danés. Le gustaba Flaubert. Le gustaba Mondrian. Le maté con una soga. Pierre Lugart estuvo de corresponsal en la guerra de Yugoslavia…Vivía con su madre, le gustaba la nieve recién caída y la poesía italiana. Le maté mientras paseaba, con un cuchillo.
Tengo que acordarme de ellos.
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Sunday, April 30, 2006
Tienes que irte a algún lugar para poder volver. Hasta ahora esta ha sido una historia construida en torno al monólogo megalomaníaco. Tal vez es hora de dejar de estar encerrado en uno mismo y dar voz a otros personajes.
Aunque teniendo en cuenta que el encargado de narrar mi historia es Mycroft, y no se le da bien escribir diálogos, es posible que todo continúe como hasta ahora, con un discurso autocomplaciente y victimista.
A Mycroft lo conocí la noche del cumpleaños de mi hermana. Yo ese día me disolvía por dentro y necesitaba una botella de algo fuerte y duro para estabilizarme. Buscando un lugar para dar con mis descontrolados huesos, imaginando los días en que nada de esto me torturaba, barruntando palabras sin sentido, di un salto y me tropecé en el aire con el abismo de la noche.
Bajé unas escaleras que me llevaron a un túnel que llevaban desde la Gran Vía a la plaza de España. Allí me encontré con un tipo apoyado contra la pared, observando el ir y venir de coches electrizados, irreales, fluyendo como un arroyo metálico.
Le pregunté si conocía algún sitio para tomar un trago a esas horas. Me sonrió y asintió con la cabeza:
-Claro. De hecho esa es mi especialidad. Soy un conocido guía iniciático de los peores rincones de esta ciudad.- Su voz era dubitativa y estaba deformada como el vidrio al rojo vivo torneado en las sombras de una fábrica de cristales.
El chico se había tragado un diccionario. Me contó que una noche un narcotraficante colombiano que se encontró por la calle le pidió un tour canallesco. Se las arregló para citar a Sartre. Estaba desencajado, llevaba la camisa vaquera desabrochada, arrugada, y su pelo revuelto, barba de dos días y sonrisa forzada.
-He estado seco por un tiempo, pero me temo que esta noche la recaída ha sido de aúpa. Debería irme a casa pero no quiero despertarme mañana y seguir tan borracho como ahora. De hecho simplemente no quiero despertarme. Solo cerrar los ojos y soñar. Sería terrible que mañana, y pasado mañana, y al otro siguiera con mi cerebro convertido en papel secante empapado en alcohol.
-Parece que alguien ha encendido una mecha que no va a poder apagarse. Tienes aspecto de película de terror de la Universal.
-Tú no pareces mucho mejor. Creía que me había topado con Bob Geldolf en la peli The Wall.
-Si empezáramos a caminar podríamos solucionarlo todo con un trago, amigo.
-Apoyo la moción- dijo, y empezamos a andar en silencio.
Era una situación extraña, era casi la primera vez en mucho tiempo que hablaba con alguien y no tenía intención de matarlo, o por lo menos no calculaba si tendría que hacerlo. Los otros asesinos no cuentan, solo puedes hablar de silenciadores, de estrangulamientos, no es una verdadera conversación sino pasos perdidos en la niebla de nuestras voces, recitar un poema solo de noche únicamente para oír nuestra propia voz.
Esa noche me echaron de un pub por intentar romper una silla en la cabeza de una chica. Si juegas con fuego acabas convirtiéndote en pirómano. Mientras hablaba con ella, y era una conversación agradable, solo podía mirarle los ojos, viéndome reflejado en ellos. Era como un espejo deformante en el que veía a un ser deforme, un monstruo, con un feo aspecto y una fea alma.
No sabía qué pensaba ella de mí, pero no podía permitir que se acercara a mí, que mis manos de asesino le acariciaran la cara, y aunque ella me pidió que la abrazara porque hacía frío, yo sabía que no debía dejarme llevar. Ante todo mis entrañas enviaban un mensaje y mi cabeza otro.
Finalmente conseguí ponerla a salvo del peligro de conocerme mejor.
Mycroft y yo hablamos de cine. Pasamos por delante del Martí, un cine que habían cerrado. La última película que él había visto era Días de vino y rosas. Me pregunté por qué no me sorprendía.
Cuándo le pregunté a qué se dedicaba me respondió que era escritor entre risas. Creo me estaba tomando el pelo. Parecía una especie de broma privada.
Pasamos por delante de un accidente de tráfico. Un coche se había incrustado en una Iglesia, salpicando el cielo y las paredes de las casas de sangre. Los mirones tomaban fotografías de cabezas partidas como sandías en el asfalto frío y mojado.
-Carpe diem- dijo él.
Acabamos llegando al zulo sórdido que me habían prometido. Empezamos a beber, y después bebimos más. Había un pozo sin fondo en cada uno de nosotros, y acabamos hablando con el corazón en la mano y sin tapujos. Le conté todo, sin omitir ninguna de las atrocidades cometidas, por acción u omisión. El me contó su historia, su alma también había sido quebrada en mil pedazos y ahora solo quedaban los escombros de un escritor que no escribía, un idealista sin ideas, un amante incapaz de amar, un estudiante fracasado que se refugiaba en un personaje ficticio…Cogimos nuestras almas salpicadas de tristeza y las radiografiamos…Luego colocamos esas radiografías en un panel de luz blanca y comentamos los lugares por los que nos habíamos roto.
En cierto momento del día, ya con los trabajadores caminando por las calles que ya no eran nuestras (acaso nunca lo fueron y solo tuvimos esa impresión un segundo) me propuso algo insólito:
-Hace tiempo que no encuentro una historia que me inspire. Quiero escribir sobre ti.
No recuerdo decirle que sí, pero es evidente que lo hice. Cada vez que salía un nuevo capítulo en su blog lo leía conseguía quitarme a zarpazos la apatía. Por fin había conseguido llorar. Me había llevado años conseguirlo, aunque a veces pensaba que eran lágrimas de cocodrilo. Aquello no suponía diferencia, pero verme esbozado, acaso tergiversado o utilizado, pero vivo, en el lienzo de sus palabras, daba a mi vida una especie, no de legitimación, pero si de verosimilitud.
A veces vivimos inmersos en un estado de duermevela, y todo parece como un sueño del que no despertamos nunca. Lo único que envidiamos a los muertos es la paz de su reino.
Supongo que alguien más se dio cuenta de que las muertes de la ficción y las de la realidad se parecían peligrosamente. Y cuando comienzan las preguntas, a nadie le importa si hay que mandar matar a un chico como ese.
A nadie excepto a mí. Porque su dolor era importante para mí, del mismo modo que el mío era importante para él. Precisamente por ello.
Estaba caminando por la playa del Perelló el día en que me mandaron matar a Mycroft. Al lado del mar el aire era fresco, y yo me había quedado frío por dentro, era momento de dar un salto al vacío, porque continuar el camino que tenía marcado era una opción que no podía permitirme.
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Sunday, May 21, 2006
Era un paraje apartado. Las cinco de la mañana, oscuro como mi alma, entre matojos, en una parcela baldía. Frente a mi un hombre al que le faltaban ya cuatro dedos en una mano y dos en la otra, atado a un olivo.
-Habla-Reclamé. Él sabía que le mataría. Pero eso no tenía importancia. Había ido tirando del hilo del cuadro de mandos en cuyo extremo inferior era yo, como mano ejecutora. Haciendo las preguntas de manera adecuada iba a averiguar qué había sido de mi hermana y a presentar mi renuncia formal como verdugo.
Estaba semidesnudo y había perdido mucha sangre, en parte gracias a su capacidad para callar bajo presión.
-¿Ves esta barra de metal? Adivina en que orificio corporal voy a encajarla. Pero antes…- Empuñé las tijeras de podar ramas y dejé a aquel pobre desgraciado de mierda sin nariz.
Al final habló. Todos hablan. Solo hay que saber en que momento interesarse por su familia, si la tienen. O prometer dejarlos vivos, si no la tienen.
De vuelta a la ciudad, veía ante mi no una carretera estrecha, sino un tablero de ajedrez en el que habían ido cayendo todos los peones.
A la mañana siguiente yo tenía una dirección en dónde me esperaba una trampa, probablemente. Fui a correos y mandé unos paquetes a una lista de individuos difíciles de matar, pero esperaba que fáciles de impresionar.
Me dirigí a la calles Buenos Aires, por la parte de Ruzafa más cercana a las vías, una zona de estrechas callejuelas con una fuerte población inmigrante, y locales poco recomendables. Me habían dicho que encontraría a Isabella allí.
Llamé al timbre: -Tántalos- murmuré. Era la contraseña que me había proporcionado mi última víctima. Abrieron. Subí las escaleras de dos en dos rápidamente, la puerta se entreabrió y antes de que parpadeara metí el brazo por la rendija. Un tipo forzudo con un toro tatuado en su bíceps derecho cayó redondo con un cuchillo incrustado en su estómago.
-He venido a por mi hermana- rugí, abriéndome paso al interior. Dentro olía a perfume barato, había cuadros religiosos en las paredes, pero por lo demás parecía lo que era, un burdel, con unas luces rojizas que proyectaban sombras al igual que rayos eléctricos. Yo estaba enloquecido, y maté a una mujer madura vestida o desvestida únicamente con un etéreo camisón y un cuchillo de cocina, mientras se me acercaba, de un solo puñetazo, hundiendo su nariz hasta el cerebro.
Lo demás fue confusión. Había escuchado la canción Isabelle de Brel durante años, y ahora la cantaba a voz en grito, balbuceando. Estaba sangrando, ríos de sangre y reía porque no me importaba. Era tan feliz como un niño. En una pared empapelada hacía décadas, colgaba un espejo. Lo rompí de un cabezazo. Había gente tratando de reducirme, agarrandome, y las decenas de trozos de espejo reflejaban mi gesto sombrío y terrible.
-Es la muerte, la muerte que viene a por vosotros, que viene por fin- murmuraba entre dientes. Los cristales me devolvían mi imagen de monstruo desfigurado, de tigre reluciente que a fuerza de morder había perdido el dibujo de su pelaje.
El suelo, baldosas de colores tristes formando rombos y cuadrados, figuras geométricas manchadas de sangre, pronto se llenó de cuerpos, seres humanos que habían dejado de respirar, muertos por mi mano, o eso parecía.
Estaba solo. De momento.
Es curioso, como los ríos de sangre en mi cabeza me condujeron a los ríos de agua de mi infancia, en dónde iba a pescar con mis padres, en la desembocadura en dónde el agua dulce muere entre rocas saladas…tardábamos horas en montar las cañas, preparar los cebos. Mi hermana pescaba más que nadie, y eso que era muy pequeña. El aire olía a mar, y había una especie de desierto de rocas junto a un barranco en dónde rompían las olas, y en ese desierto yo jugaba a ser Peter O’Toole en Lawrence de Arabia.
Uno de los esbirros que me condujeron hacia aquí llegó a decir algo terrible. Que mis padres habían vendido a mi hermana. Que no era un secuestro. Que yo era un loco. Que en el fondo lo sabía, que lo podía ver en los ojos de ellos.
Solo por eso le quemé vivo y luego eché palas de sal a sus quemaduras mientras agonizaba.
Lo malo es que todo es posible. Es una probabilidad más a tener en cuenta.
Por fin me planté delante de la puerta del dormitorio. La abrí. Allí había una chica de doce años. Me miraba con miedo. Supongo que era más como el monstruo de Frankenstein en la vieja película de Whale, cubierto de sangre y desfigurado por el odio, que un héroe, de la clase que sea, si es que hay de esos, tal vez los héroes solo son cobardes empujados al límite, obligados a actuar, a caminar por el filo de una espada.
Recordé los ojos azules de Isabella, aquellos ojos, ahora lo sabía, eran gotas de lluvia que no recuperaría jamás. Siempre recordaré la última tarde en casa, yo escaqueándome de hacer los deberes y ella incordiando, la pequeña Isabella, haciéndome rabiar.
Esta chica tenía los ojos marrones.
Isabella estaba muerta, siempre lo había estado. Solo vivía en mi cabeza, solo era una esperanza de salvación.
La chica tenía una pistola. De pronto tenía un semicírculo carmesí, una pequeña medalla al valor pintada de rojo en el lado derecho de mi camisa.
-No tengas miedo, pequeña. No voy a hacerte daño. Soy tu hermano. He venido a salvarte. He venido a salvarme. Soy tu hermano mayor que te ha encontrado- Nada más decirlo supe que no era una mentira para que no me volara los sesos, que más me daba a mi eso ya. No había salvado a aquella niña, pero salvaría a ésta. Por la manera en que estaba vestida, sabía que esta gente no había sido una familia muy conveniente para ella. Ahora ella era Isabella.
Por la manera de mirarme supe que quería creerme, que necesitaba desesperadamente creerme. Soltó la pistola. Solo lloró un poco.
Le puse algo de ropa encima y salimos de allí deprisa. No tenía un plan completo, pero tenía una vaga idea de cómo serían ahora las cosas. Había mandado unas copias de papeles lo suficientemente comprometedores que había ido recopilando con un poco de ayuda de mis superiores. Incluso si esa ayuda había costado un poco de sangre, había valido la pena.
Junto a unos cuantos miembros seccionados, les llegó a la gente que da las órdenes.
Vengarse de ellos era inútil. Suicida.
Intentar recuperar algún tipo de vida para mí y para mi nueva hermana era difícil pero no imposible.
Significaba huir siempre. Significaba no dormir tranquilo nunca más. Significaba esperar a que uno como yo nos encontrara un día y rescindiera nuestro contrato con la vida.
Había mandado los originales a mi amigo Mycroft. También tendría que cuidarse las espaldas, pero decía que la vida sería muy aburrida sin un cierto peligro de muerte cerniéndose contra él.
Le pregunté por qué no tuvo miedo de mí cuando me conoció. Me dijo que estaba demasiado borracho para temerme, y que mi historia era demasiado jugosa como para perdérsela. Y que en cierto modo él era una persona peligrosa también, A su modo.
Así quedaron las cosas cuando compré un yate con el dinero “recaudado” a unos cuantos tipos que negocian en el mercado accionarial de la vida y de la muerte. Pretendía viajar lo máximo posible.
No para huir.
Sino para mandar un mensaje.
Solo quiero que nos dejéis en paz.
Era un mensaje sencillo. Confiaba en que resultara más caro mandar mi muerte y encubrirla, que simplemente ignorarnos.
Y si no al menos habría escapado de la máscara del asesino implacable. Puedes ser otra persona durante un tiempo, puedes hacer cosas terribles para sobrevivir, pero al final no puedes escapar de ti mismo.
¿Y la venganza?
Eso se lo dejo a los héroes.
Si es que conocéis a alguno.

9 comments:

Esther said...

que sepas que me lo voy a llevar a casa para poder leerlo tranquilamente... entonces, hablaremos. Esto requiere tiempo.

Esther said...

y que sepa usted que me ocupará diez páginas, sólo como un dato curioso. A mi, diez páginas me cuesta una barbaridad escribirlas.

Mycroft said...

Es un tanto violento, sobre todo hacia el final...podría decirse que hay influencia de películas como old boy, de hard candy, de confesiones de una mente peligrosa.
Solo quería hacer una historia sobre la redención. Y mientras la escribía, veía más cine clásico que otra cosa.

Horrorscope said...

Pues le quedó genial, sigo diciéndolo.

Overlord said...

Muy chulo, en su linea...

Esther said...

Debo decirte que me parece sobervio. Ya había leído anteriormente extractos. Pero ayer lo leí de principio a fin. Y le he odiado, pero también le he compadecido y, sinceramente, no sé cuál de los dos sentimientos me da más miedo. Un buen relato. Con un final tremendamente estremecedor. Me gustó mucho.

Overlord said...

Tiene algo de Bukowski y Burroughs¿??¿

Anonymous said...

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