Micronesia en el Cerebelo

Rock, cine, comics, ciencia ficción, cervezologia y sueños rotos.

Saturday, March 15, 2008

Galimatías


Hace muchos años un hombre trató de dirigir una película. Se pasó del presupuesto, la película comenzó a agigantarse en un egotrip maníatico, el guión se le fue de las manos, y los estudios le retiraron la confianza durante años.
Y aún así no era una mala película. Se titulaba "Las aventuras del barón de Munchausen".
El mismo hombre firmaba una obra como "Los héroes del tiempo" en el que el relato fragmentado funcionaba con precisión, porque lo imaginario y delirante se enmarcaba en un relato que SI tenía coherencia: Había un marco para desarrollar el descontrol imaginativo.

Richard Kelly ha elegido un camino autodeconstructivo: Demoler la película a medida que la va construyendo. Es su propio enemigo, en uno de los delirios de grandeza más flagrantes de la historia del cine reciente. No hay marco más allá de vagas referencias a un mundo en guerra mundial, postapocalíptico, nuclear, gubernamental y vouyerista.
Kelly no es Lynch, algo que parece obvio pero en realidad no lo es. Y no lo es no solo por calidad o estilo, sino que no lo es porque Lynch sabe perfectamente a qué juega y como se despliega el pulso narrativo de su surrealismo oscuro.
No soy un fan de Lynch, pero Kelly parece que sí. Nos entrega un relato fragmentado, descompuesto en piezas, pero con la debilidad de un guión anémico y altamente incoherente en que el surrealismo lynchiano se torna en farsa almodovariana.
El misterio acaba siendo un jerogífico ininteligible y la farsa suplanta a la trama: La comedia mata al misterio porque lo despoja de sus ritmos y sus claves, y para más inri lo fragmentario e inconexo del guión destruye toda oportunidad de que, asumiendo su narrativa, la película se convierta en simple (no tan simple) entretenimiento.
La necesidad de explicarlo todo se desvela con la ubicua voz de Timberlake como un deus ex machina fuera del tiempo, tratando de explicarlo todo, pero no explicando nada en absoluto.
Esa es la clave, que no hay clave.

Y es una pena porque se manejan conceptos interesantes, y referencias inmejorables, pero no se articulan, solo pululan por la pantalla.
Phillip K. Dick, Michael Moorcock (especialmente en lo episodico e incoherente del multiverso de Southland Tales) y, sobre todas las otras, Norman Spinrad y su mirada irónica, politizada, profética e iluminada del futuro, son la munición que Kelly desaprovecha.
La sociedad plastificada y militarizada, monitorizada y superficial incluso en su subversión (neomarxistas confusos se mezclan con pornstars y surfistas en la playa ante la atenta mirada de los francotiradores del ejército: SIC) es un retablo ambicioso que requiere de precisión para quedar en pie, y no de un ataque de megalomanía. Kelly tiene talento pero no oficio, Kelly tiene imaginación pero no sentido común, y el castillo de naipes cae.

Hablabamos de Gilliam. No es justo comparar Southland con Brazil, quizás, pero hagánse una idea: Brazil es como una meta a la que Kelly pudo llegar, pero no llegó porque se fumó unos canutos con sus amigos y exclamó:
-Ey, ¿y si ahora escribimos un papel para Christopher Lambert? ¿aunque no tenga nada que ver con nada?
This is the way the world ends!

P.D. El número musical de Timberlake vs Killers es lo mejor de la película. Una pena porque su personaje es casi un simple testigo ajeno a todo y elevado a su posición de observador alienado sumido en sus sueños místico-estupefacientes. El personaje más interesante ni siquiera interviene más que tangencialmente.
Bien por Sean William Scott, y mal, muy mal The Rock.

1 comment:

bowie said...

Si Gilliam y su caos no existieran, tendríamos que inventarlos

va el abrazo